Mi Abuela Herta

Mi abuela materna se llamaba Herta Schlerff.

Murió cuando yo tení­a 11 años. Encadenó una serie de problemas de salud crónicos, entre un par de paros cardí­acos y una fractura de cadera, pero murió tranquilamente, en su sueño, una mañana de abril de 1985, en la Clí­nica Olivos, ahí­ en Arenales y Maipú.

La velamos en la casa de sepelios que estaba en la avenida Maipú, enfrente de la quinta presidencial. Luego cremamos sus restos y los esparcimos en el Rí­o de la Plata.

Pero no sirve de nada que les cuente tantos detalles sobre su muerte, sin antes contarles más sobre ella y su vida.

La abuela Herta (como siempre la llamé, un poco para distinguirla de mi otra abuela, Janina) nació el 31 de diciembre de 1903 en Filipópolis, una ciudad de Bulgaria que luego de varias guerras mundiales pasó a llamarse Plovdiv. O fue al revés, no me acuerdo. La cosa es que la familia Schlerff, alemanes de culto protestante, eran floristas. En aquella época, aparentemente, eran los floristas más importantes de Europa Oriental: incluso fueron los proveedores oficiales, a fines del siglo XIX, del sultán de Turquí­a, lo cual supongo yo, en tiempos del Imperio Otomano, no era moco de pavo.

La abuela Herta tení­a cinco hermanas, todas con nombres más raros unas que otras: Mitzi, Reemda, y otros nombres que me he olvidado en este momento. De las seis hermanas, tres se casaron y tres quedaron solteras, ocupándose de su madre, una tal Ana Havel, una señora de carácter que marcaba el paso de toda la familia.

Por razones que no me quedaron claras, la abuela Herta hizo la escuela primaria en Alejandrí­a, en Egipto. Aparentemente uno de sus compañeritos de escuela era un tal Rudolf Hess, y cotejando edades llegué a la conclusión de que es el mismo Rudolf Hess del que hablan, lamentablemente y con razón, los libros de historia.

La historia pega otro per saltum, y hacia fines de la primera guerra mundial Herta estaba estudiando matemáticas en la Universidad de Ginebra, en Suiza. Mi abuela se llevó a la tumba las razones de tales cambios geográficos.

La abuela no me contaba mucho de su vida pasada. Tampoco le contó mucho a mi vieja, Evelyne, que en definitiva sabí­a bastante poco de su madre. Herta era una mujer inteligente, taciturna, muy culta. Leí­a constantemente, me explicaba los problemas de matemática que yo no entendí­a, y trató infructuosamente de enseñarme a jugar al ajedrez. Y yo, tan pelotudo fui, que nunca le presté atención.

La abuela egresó de la Universidad de Ginebra con honores: tuvo el honor de ser la primer mujer que se haya graduado en matemáticas en dicha institución. Su diploma, firmado por un tal William Rappard, estaba entre las cosas que descubrí­ en el departamento de mamá despues de su fallecimiento.

Después de graduarse, alrededor de 1921, Herta consiguió un trabajo en la recientemente creada Sociedad de las Naciones, en Ginebra; le tocó dar un examen de entrada, para el que aparentemente habia 5000 postulantes, y entraron mi abuela y dos personas más.

La abuela Herta era un cerebro.

Hablando de su estadí­a en Ginebra, una vez mi mamá encontró una de esas “agendas perpetuas” en las que mi abuela anotaba cumpleaños, direcciones y efemérides varias. En una de las páginas de aquella agenda, una inscripción misteriosa figuraba: “Place des Eaux-Vives, 19h, Tapio Voionmaa”. Así­ nomás, sin el año ni nada. Mi vieja me contó que, al preguntarle sobre el tal Tapio, mi abuela estalló de ira (algo inusual en ella), le arrancó la agenda, y, le prohibió hablar de Tapio. La cosa quedó ahí­; mi abuela se llevó el secreto al morir, pero mi mamá pensaba que habí­an sido novios, o quizás amantes. El tal Tapio fue, años más tarde, ministro y embajador de Finlandia.

Como verán, la historia de mi abuela está llena de hiatos y agujeros; sabrán disculpar la desprolijidad.

A fines de los años 20, antes del gran crash, mi abuela se casó (quizás á contre-coeur) con un tal Roland George, ingeniero mecánico de origen ginebrino.

La familia George habí­a llegado a Ginebra desde Francia, durante las persecuciones contra los protestantes de las que se habla en los libros de historia. Ahí­ se instalaron, hicieron fortuna, y después la perdieron. Los descendientes de los George, entre los que se contaba a Roland, aparentemente lloraban dí­a y noche por los tiempos pretéritos en que su familia poseí­a gran parte de lo que hoy se llama el Grand-Saconnex, barrio a 10 minutos del centro de Ginebra.

Hasta yo, de nene, escuché las historias de las riquezas que tení­an los George. Cosas raras de la historia, mi primer departamento de soltero lo alquilé en el Grand-Saconnex, precisamente. Y mi vieja falleció en el barrio de al lado, el Petit-Saconnex, a 100 metros de las tumbas de su abuela y su tí­a, es decir, la mama y dos de las hermanas de la abuela Herta.

Los cí­rculos se cierran de maneras misteriosas, a veces.

Escribo estas lí­neas mientras mi tren se detiene en la estación de Ginebra. Pareciese como si mi ADN tuviese un GPS integrado.

La abuela Herta se casó, entonces, con Roland hacia fines de la década del 20. Este Roland (que es el único de mis 4 abuelos al que nunca conocí­ personalmente) trabajaba para una empresa petrolera, llamada “Astra”. Esta empresa lo mandó a México, a principios de los años 30, para ocuparse de unos yacimientos. Fue allí­ que nació el primer hijo de Herta y Roland, mi tí­o Charles, allá por el año 32. 4 años después nació el segundo hijo, Henri, que se escribe con “i” y no con “y”, ya que es un nombre en francés. Ambos, pues, nacieron en México, creo yo en el DF, pero no estoy seguro.

Nunca conocí­ al tí­o Charles, ya que falleció en un accidente de auto en la ruta 2, en Argentina, en el año 62. Al tí­o Henri si lo conozco, pero no tengo mucho para decir.

A fines de los años 30, la empresa de mi abuelo lo mandó lo más lejos posible de Suiza (nunca supe si fue por causa de la guerra, o porque como todos me han contado, el tipo tenia un carácter insoportable). Fue así­ como la familia de mis abuelos terminó mudándose a Comodoro Rivadavia, en la provincia de Santa Cruz, en Argentina.

El culo del mundo, como decí­a mi abuela. No usaba seguido esa expresión; solamente al hablar de la Patagonia. Me contó que el viento la volví­a loca. Al final, después de mucho insistir para irse de ahí­, mis abuelos se radicaron en Buenos Aires. Corrí­a el año 41 o 42.

Obviamente, para ese entonces, volver a Europa era impensable. Así­ que decidieron quedarse en Buenos Aires. Y en el 44 mi abuela se quedó embarazada por última vez, esta vez de mi madre, Evelyne. En aquella época la familia George-Schlerff viví­a una vida anónima y apacible, en una casa de la calle Cuba en Belgrano, entre Quesada e Iberá, a pocas cuadras de la avenida Congreso.

De Filipópolis a Belgrano.

Mi abuelo Roland tení­a una pequeña fábrica de repuestos para máquinas hidráulicas hacia fines de los 40, empresa que alimentaba la familia. Después, la empresa alimentaba también a los punteros peronistas del barrio, a los cuales se les pasaba un dinero para que los planes sociales de Eva Perón puedan prosperar, y para que no le cierren la fábrica o lo metan en cana.

Mi abuela nunca tuvo una inclinación polí­tica clara, salvo el hecho de ser una antiperonista acérrima. Me acuerdo lo alegre que estuvo cuando ganó Alfonsí­n en el 83, pero mi vieja me contó que también se alegró cuando fue el golpe del 76. La cosa era no estar a favor de Perón o de los peronistas.

La escena siguiente de la vida de mi abuela no es tan colorida o viajera. Por lo que pude entender y cotejar, mi abuela no habí­a querido llevar a término el embarazo de mi madre; eso se tradujo en una cierta apatí­a, que mi madre sufrió hasta el dí­a de su muerte. Un abandono por parte de sus padres.

En realidad, no, peor que eso. Mi abuelo, en algún momento de la infancia de mi madre, abusó de su única hija. Mi madre descubrió ese recuerdo, totalmente hundido en su subconsciente, mediante terapia hipnótica.

Nunca supimos si mi abuela supo de ello o no, el tema es que en el año 62 se mata en la ruta 2 el hermano mayor de mamá, Charles. Este acontecimiento es una bisagra, un punto de inflexión que modificó para siempre la dinámica de la familia. Charles era el hermano amado de mi madre, el que la protegí­a, el que, quizás, supo la verdad del abuso.

Mi madre, sin embargo, supo de la muerte de su hermano a través de un periódico. Leyendo, por casualidad, la sección de avisos fúnebres. Porque, por alguna razón ignota, mi abuela no le quiso avisar la noticia a mamá, que se enteró de todas maneras, de esta manera, horrible si las hay.

La locura humana no tiene raí­ces inexplicables. A veces son incomprensibles, pero no son nunca inexplicables. Mi vieja vaciló en el precipicio de la locura más absoluta en ese preciso instante. Toda la vida de mi madre, toda su relación con la abuela Herta, y también su relación conmigo, fue definida en ese preciso instante.

Mi abuela se separa de Roland a principios de los 60, y con mamá se van a vivir a una casa sobre la calle Haedo, en el barrio de Vicente López, a unas cuadras del cruce con la avenida Maipú, del lado de Florida. Mi abuela laburaba de traductora para una empresa mecánica de origen alemán, que tení­a sus oficinas en Munro. Mi vieja laburaba de vendedora, y trataban de llegar a fin de mes, muchas veces comiendo la misma polenta que le preparaban a la perra.

Hablando de idiomas, para esa época mi abuela Herta le enseñaba francés a una amiga entrañable de mi mamá, Eleonora, que tení­a que preparar los exámenes de la Alianza Francesa. Años más tarde, antes de venir a vivir a Suiza, allá por el 89, Eleonora me enseñó el francés a mí­. Y tal vez, en estos momentos, una de las hijas de Eleonora esté leyendo este texto, y así­ va la vida.

Finalmente, hacia fines de los 60, mi abuela Herta y mi mamá lograron ahorrar algo y se compraron un departamento con vista al rí­o, en la zona del bajo Vicente López; sobre Avenida Libertador, entre San Martí­n y Arenales. El arquitecto que estaba a cargo de las obras era un pibe pintón de ojos verdes de unos 27 años llamado Alberto Kosmaczewski. Al poco tiempo, mi mamá y él empezaron a salir juntos, y se casaron en el 71.

Exactamente para esa época, mi abuela tuvo su primer infarto. Fue un domingo a la tarde, después del almuerzo; mi mamá y ella estaban viendo “Los Campanelli” en la televisión, y mi abuela le dijo a mi vieja “me siento mal”, y entró en coma.

Tuvo tres paros cardio-respiratorios en pocas horas, y estuvo en coma 21 dí­as. Milagrosamente se salvó, y tan buena fue su recuperación que se fue a Europa a visitar a sus hermanas y familia.

Cabe indicar que para esa época la situación financiera de la familia se habí­a mejorado mucho. Mi abuela empezó a cobrar la jubilación suiza, que dado el tipo de cambio de aquella época, representaba un ingreso comparable al del un senador, un narcotraficante y un gerente de multinacional, todos juntos y multiplicado por 2.

En setiembre del 73 nací­ yo. La abuela me adoraba; me traí­a regalos de Europa y así­ crecí­, con ella y mi mamá. Tal vez mi llegada haya servido para que la relación entre ambas se endulce; en todo caso, no tengo recuerdos de peleas jodidas entre ellas. Si, una cierta tensión, palpable, pero ni gritos ni platos rotos.

Pensándolo bien, tal vez les hubiese venido bien romper algunos platos. No sé.

En 1981 le diagnosticaron la enfermedad de Parkinson a mi abuela Herta. A partir de ahí­, su estado de salud empezó a desmoronarse inexorablemente. Temblaba mucho, babeaba continuamente. En el 83 la operaron del nervio trigémino, y eso le curó el Parkinson, y fuimos a festejar sus 80 años a la costa atlántica. Pero tanto tratamiento la dejó muy débil.

Festejamos su último cumpleaños una noche de diciembre del 84. Tení­a 81 años. Hací­a un calor de locos, me acuerdo, y ella sufrí­a mucho el calor.

A principios de abril del 85 se le fracturó la cadera y se cayó; lo que no supieron los médicos fue si se le fracturó la cadera por caer, o si se cayó por que se le fracturó la cadera; ellos nos decí­an que ambas situaciones eran posibles, aunque en realidad, el dato es de una inutilidad espantosa. La operaron y le pusieron una prótesis, y 10 dí­as después falleció.

La última vez que la vi fue un viernes, después de la escuela. Yo iba a la numero ocho, que está enfrente de la clí­nica. Me acuerdo que cuando nos í­bamos de su habitación justo llegaban unos médicos para revisarla, y ella me miraba fijo mientras se cerraba la puerta, y yo caminaba, de la mano de mi vieja, mirando para atrás y siguiendo su mirada.

Esa mirada, su mirada se quedó para siempre en mi memoria.